Por una disposición transitoria, el recién aprobado nuevo
Estatuto de
Cataluña recoge que la inversión del
Estado en
Cataluña durante los próximos siete años no podrá ser nunca inferior al
PIB producido por la
Comunidad Autónoma (desconocemos si la elección del septenio como período tiene algo que ver con las plagas bíblicas, pero podría ser). Y todo ello para compensar una supuesta falta de inversión en infraestructuras catalanas por parte del
Estado en los últimos años. Dicho en plata, la misma
deuda histórica que reclaman prácticamente todas las comunidades autónomas. Los catalanes ya la tienen, reflejada nada menos que en su
Estatuto.
Curioso esto de la deuda histórica. Deuda histórica es que yo decido lo que el
Estado me tiene que dar en función de mis necesidades y todo lo que no sea darme eso es deuda que voy anotando en una libretita, de modo tal que si juntamos las libretitas de todas las comunidades, el resultado de sumar sus anotaciones nos dará una cantidad fabulosa, de la que realmente nunca dispuso el
Estado. "El resultado de una suma será siempre la adicción de sus sumandos multiplicada por dos" (nueva regla matemática de la
España plural). Y a esto algunos lo llaman mantener mecanismos de solidaridad.
Esta reducción drástica de la función política que corresponde al
Gobierno de la nación española, cual es la distribución de los recursos recaudados anualmente en función de las necesidades, parece que debe ser saludada con entusiasmo por su perfecto encaje constitucional, como nos explica hoy el
bumerán de
El País. Hoy ya sabemos que pase lo que pase,
Cataluña tendrá su pasta, y a otra cosa. Da lo mismo que las
Canarias se hundan en el
Atlántico (y esto no es ciencia ficción, se sabe que ocurrirá, sólo falta ponerle fecha), que unas inundaciones arrasen la costa levantina o que un grupo terrorista haga estallar una bomba nuclear en
Cáceres, los catalanes tienen reconocida por ley su pasta. Y ya se sabe que ley es ley.
Hábiles como siempre, los rectores de la política andaluza pensaron que nosotros no íbamos a ser menos (si
Cataluña es algo,
Andalucía será por lo menos una vez y media lo mismo que sea
Cataluña: esta regla aparece grabada, como es bien sabido, en un bronce hallado en las inmediaciones del cerro del
Carambolo, donde nuestros padres), pero como reclamar inversiones en función del
PIB no parecía demasiado ventajoso, cavilaron durante un tiempo, para llegar a la conclusión que lo que teníamos más que nadie en
España era población: así que según el
Estatuto el
Estado deberá invertir en
Andalucía en función del número de habitantes. Sencillo, ¿verdad? Todavía les queda por explicar de dónde piensan sacar el dinero si cada comunidad presenta un plan de financiación en el que se recoja el procedimiento que más le favorezca. Es de suponer que
Madrid y
Baleares pedirán a cuenta de la renta per cápita, y no me extrañaría que
Teruel lo hiciera por hectárea desocupada y
Lugo en función de los metros de muralla... Esta es la
España plural, solidaria y de diseño que se nos anuncia. Un auténtico bumerán, éste sí que sí.
Pero a los propuestas de financiación del chavismo y sus adláteres (izquierdunidos, que, aparte de como mamporreros de los nacionalistas, pocas funciones desempeñan ya) les faltaba una última vuelta de tuerca, un postrero ajuste para que resplandeciera diáfano su génesis y su sentido último. Dice ahora
Chaves que el cómputo de la población como medida para la financiación deberá ser limitado a siete u ocho años (la plaga bíblica, tal cual y más uno, otra vez), y nos preguntamos que de dónde habrá sacado el honorable
Presidente esa cifra de años y que si no habrá sido influido por los recientes descubrimientos en torno al bronce del
Carambolo (lo que
Cataluña sea, etc., etc.) y que si nos hemos vuelto verdaderamente todos
esquizofrénicos y más
esquizofrénicos. Porque lo que se intuye en la política de la oposición es un ataque de cuernos, lo que de verdad se intuye es que, aparte detalles nimios, casi simbólicos (que si realidad nacional o que si écheme para allá esas competencias), el
PP firmaría íntegro este bodrio de proyecto, con sus ciudades construidas en clave humana y su vertebración fluvial en torno a la exclusividad del flamenco... Y ya vale.