25 mayo 2006

Preámbulo (II): Millenarium

Andalucía, a lo largo de su historia, ha forjado una robusta y sólida identidad que le confiere un carácter singular como pueblo, asentado desde épocas milenarias en un ámbito geográfico diferenciado, espacio de encuentro y de diálogo entre civilizaciones diversas. Nuestro valioso patrimonio social y cultural es parte esencial de España, en la que andaluces y andaluzas nos reconocemos, compartiendo un mismo proyecto basado en los valores de justicia, libertad y seguridad, consagrados en la Constitución de 1978, baluarte de los derechos y libertades de todos los pueblos de España.

La torpeza de la maniobra es palmaria. Manos de antropólogo se adivinan en la sombra. Andalucía como sujeto de la forja. Uf, casi da dolor de cabeza imaginar el yunque. En esas circunstancias, queda claro que la identidad forjada sólo podía ser "robusta y sólida". (Se comprobará en lo sucesivo que al antropólogo de guardia le sobraban las cópulas, pues el texto está plagado de copulativas tan gratuitas como ésta.) Pero hay que analizar bien el proceso histórico apuntado: Andalucía, que se forja a sí misma su identidad como pueblo, se asienta (en un acto de voluntad, hemos de suponer: soy Andalucía y he venido a asentarme aquí) en un "ámbito geográfico diferenciado" (es lo que tienen los ámbitos geográficos, que no hay dos iguales), donde permanece desde "épocas milenarias" (desde hace milenios, quiere decir). Conclusión: Andalucía como ente supremo existía ya, no sabemos dónde (acaso en la imaginación del Criador), antes de su asentamiento actual, en el que lleva miles de años. Porque si Andalucía se forma después, una vez el pueblo asentado, jamás podría figurar como sujeto de la forja. Podría decirse que "Andalucía se ha formado a partir de..." o que "Andalucía ha adquirido una identidad...", pero no que esa identidad la ha forjado ella misma. Es como si la espada de Sigfrido no la hubiera forjado Sigfrido, sino la propia espada, a sí misma, en abrasivo horno.

Obviamente, tratándose de Andalucía, el ámbito geográfico sólo podía ser un "espacio de encuentro y de diálogo entre civilizaciones diversas". Pues, en este caso, a mí me salen más copulativas: "espacio de encuentro y de diálogo y de negocios y de esclavitud y de masacres y de guerras". Como todos los espacios donde ha habido hombres. Ni más ni menos. Porque hay que imaginarse a Escipión el Africano dialogando con Asdrúbal, a Tariq con Don Rodrigo o a Isabel I con Boabdil. Té con pastas para todos, que ésta la pago yo.

El discurso españo-constitucionalista de andaluces y andaluzas es la mar de divertido (¿quién es el antropólogo para decidir aquello en lo que yo me reconozco?), porque además se sustancia desde nuestro "valioso" patrimonio social y cultural. Valioso. Hay que apreciar en su justa medida el empleo de términos valorativos en este ámbito de la ley. Mira qué guapo soy. Y a continuación: quien hubiere infringido... Aunque, y no podía esperarse otra cosa, todo se entiende a la perfección desde el final. Y es que yo, pobre Argantonio perdido en Chaveslandia, no soy sujeto de derechos, es el pueblo andaluz quien los tiene todos. En mi nombre. De tal modo que, oficialmente y por ley, todos los andaluces serán, a partir de este preciso momento, andalucistas. Y aquí, cumplida su misión, el antropólogo descansó.