31 mayo 2006

Preámbulo (VII): Las raíces

Ese ideal autonomista hunde sus raíces en nuestra historia contemporánea. El primer texto que plasma la voluntad política de que Andalucía se constituya como entidad política con capacidad de autogobierno es la Constitución Federal Andaluza, redactada en Antequera en 1883. En la Asamblea de Ronda de 1918 fueron aprobados la bandera y el escudo andaluces.

Durante la II República el movimiento autonomista cobra un nuevo impulso. En 1933 las Juntas Liberalistas de Andalucía aprueban el himno andaluz, se forma en Sevilla la Pro-Junta Regional Andaluza y se proyecta un Estatuto. Tres años más tarde, la Guerra Civil rompe el camino de la autonomía al imposibilitar la tramitación parlamentaria de un Estatuto ya en ciernes.

Y de repente nos cuelan los hitos del andalucismo. Sin anestesia. Una opción política convertida en discurso oficial, en la idea matriz y motriz del texto que se supone debería regular y fundamentar la convivencia en el espacio político (público) de Andalucía. Esa es la forma que tienen de entender la democracia. El régimen andalucista. Y si no, muérete, que diría Maqueda. Si no fuera por lo que tiene de abuso antidemocrático del poder, de intolerable manipulación partidista de la historia y de inaceptable contaminación de la racionalidad por la que debería discurrir la discusión de los asuntos públicos, sería para no parar de reír. Los hitos del andalucismo. Veamos.

La Constitución Federal Andaluza no es sino el documento redactado por los delegados de un minúsculo Partido Republicano Demócrata Federal, reunidos en Antequera entre el 27 y el 29 de octubre de 1883. Puede entenderse como la respuesta (o el desarrollo) a la Constitución Confederal de España que había elaborado el Partido Federal de Pi y Margall en su Asamblea celebrada en Zaragoza en junio de aquel mismo año. El documento parte de la idea del cantonalismo en el que derivó la Primera República, el más grotesco episodio de la historia contemporánea de España, y es idéntico al de otras regiones, lo único que cambia es la denominación del sujeto político (Andalucía, Aragón y así). Un documento de partido. Al fin y al cabo, como este proyecto estatutario. No se les puede acusar de falta de coherencia.

Y es ese mismo documento de partido el que Blas Infante y sus acólitos asumen en la llamada Asamblea de Ronda, que no es sino otra reunión de nacionalistas andaluces celebrada en la rilkeana ciudad malagueña en 1918. Esos son, junto a la fantasiosa literatura romántica del alhambrismo decimonónico, todos los fundamentos del andalucismo político. Desde luego, es para estar orgullosos. Pero falta aún lo mejor, la traca final, sin la que esta farsa (con su correspondiente revés trágico) quedaría incompleta. El proyecto de Estatuto durante la Segunda República viene a confirmar el fracaso rotundo del andalucismo, organizado para entonces en las llamadas Juntas Liberalistas, que no eran sino los órganos locales, los centros de reunión del partido. Los andalucistas, que no lograron representación política en las elecciones, consiguieron en febrero de 1932 que los presidentes de las diputaciones convocasen una asamblea para discutir sobre un proyecto autonomista, en la línea de lo que se hacía en Cataluña. El proyecto se pone en marcha sin demasiado entusiasmo y la asamblea tiene lugar en Córdoba en enero de 1933. No puede decirse que fuera un éxito, pues los representantes de Almería, Granada, Huelva y Jaén se retiraron casi enseguida de ella. En concreto, lo que los granadinos pretendían era simplemente constituir una mancomunidad de municipios de Andalucía oriental. Incluso el PSOE granadino acordó por unanimidad manifestarse contra el Estatuto, ya que, afirmaban, la idea autonomista era por completo inexistente en Granada. Blas Infante, que carecía de representatividad política alguna, y otros dirigentes andalucistas presionaron al resto de delegaciones hasta obtener la redacción de un anteproyecto estatutario, otro documento partidista al que nadie atendió y que pronto cayó en el olvido. Los andalucistas lo rescataron para imprimirlo y repartirlo por los ayuntamientos en abril de 1936. Estatuto en ciernes, lo llaman.

Eso es todo lo que puede aportar el andalucismo prefranquista. Y lo exhiben. En un proyecto legislativo de la importancia de un estatuto autonómico. Socialistas, comunistas y ecologistas unidos lo exhiben, asumiendo el régimen de partido. Sin rubor. Con una redacción obscena, por la que los órganos y los documentos de los partidos políticos se hacen pasar por institucionales y representativos. Y así entienden la democracia.

3 comentarios:

Alejandro R. dijo...

Lo que más me gusta es eso de que el "ideal autonomista hunde sus raíces..."

Que me expliquen como una planta de plástico puede hundir sus raices en nada...

leonardo_da_quinqui dijo...

Muy bueno el análisis. El andalucismo de Infante, un hombre al que admiro profundamente por su coherencia, no puede ser la raíz de una Andalucía que va mucho más allá de esa ideología. En el País VAsco ya consiguieron los del PNV apropiarse de todo, empezando por el símbolo: la ikurriña es la bandera del partido que se convirtió en la bandera de la autonomía. La diferencia con Andalucía es clara. Allí los que gobiernan se creen al nazi de Sabino Arana. Aquí usan a Blas infante cuando les conviene: antes lo llamaban La Momia. Si no, Chaves se va a Galicia y no asiste a su homenaje.
Enhorabuena por el blog otra vez. Que no decaiga.

Regiondealmeria dijo...

Interesantismo articulo de las falacias que nos vende el nacional-socialismo. Se invetan un país, una historia, etc. Y quien no piensa como ellos lo tachan de fascista.
En Almería sabemos muy bien como actuan, A modo de partido único abarcandolo todo incluso los medios de comunicación, cambian las leyes a su antojo (Algarrobico, referendum 28-F de 1980, etc.)

lo dicho muy buen articulo.
http://regiondealmeria.blogspot.com/